Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Las instituciones de educación superior producen conocimiento todos los días. Lo hacen cuando desarrollan una investigación, cuando un equipo docente prueba una nueva metodología, cuando estudiantes trabajan con una comunidad o cuando una experiencia de formación permite que un profesional transforme una práctica en su lugar de trabajo. El desafío aparece después: ¿cómo hacemos que ese conocimiento llegue a personas que no participaron directamente de ese proceso y, sobre todo, que logre tener sentido para ellas?
Durante mucho tiempo, la comunicación digital pareció responder esa pregunta multiplicando canales. Una noticia en la web podía transformarse en una publicación para Instagram, un correo electrónico, un video breve o una entrada en LinkedIn. La lógica tiene sentido: si nuestros públicos están distribuidos en distintas plataformas, la institución también necesita encontrarse con ellos allí. Sin embargo, estar presente en varios medios no significa necesariamente estar construyendo una narrativa entre ellos.
Ahí aparece una distinción relevante para quienes trabajamos en comunicación en educación superior. Comunicar en distintas plataformas no debiera consistir únicamente en adaptar una misma información a diferentes formatos. También puede significar expandir una historia, permitiendo que cada medio aporte una perspectiva, una experiencia o una nueva posibilidad de participación.
Jenkins (2007) planteó tempranamente esta idea al describir la narrativa transmedia como una construcción en la que diferentes medios realizan aportes particulares a una experiencia narrativa mayor. No se trata, por tanto, de repetir una historia cinco veces. Cada pieza debería incorporar algo que las demás no entregan y, al mismo tiempo, permitir que las personas ingresen al relato desde distintos puntos. Esta definición, surgida con fuerza desde el estudio de la ficción y el entretenimiento, ofrece una base útil para pensar cómo circula hoy el conocimiento en ecosistemas digitales mucho más amplios.
La discusión se ha trasladado también al ámbito educativo. Meyerhofer-Parra y González-Martínez (2025), en una revisión sistemática de 43 estudios, advierten que el concepto de transmedia se utiliza de maneras diversas en educación y que no toda experiencia que combina plataformas constituye necesariamente una narrativa transmedia. La precisión importa: publicar el mismo contenido en una web, una red social y un correo puede ser una estrategia multicanal efectiva, pero no implica por sí sola una expansión narrativa.
Mirar esta lógica desde la educación superior abre una pregunta interesante. ¿Qué ocurriría si, en lugar de comenzar preguntándonos qué debemos publicar en Instagram, LinkedIn, YouTube o una página web, partiéramos por definir qué historia queremos contar, a quién queremos involucrar y qué puede aportar cada plataforma a esa historia?
Pensemos en un caso hipotético. Una universidad desarrolla junto a una comunidad un proyecto relacionado con el cuidado del agua. Podríamos publicar una nota informando sus principales resultados y luego adaptarla a diferentes redes. Esa estrategia cumpliría una función de difusión, pero seguiríamos trabajando esencialmente con una misma unidad informativa. Una lógica transmedia plantea algo diferente: un video podría seguir a los estudiantes durante sus primeras visitas al territorio y mostrar las preguntas con las que iniciaron el proyecto; un podcast podría recuperar la trayectoria de una dirigenta y explicar cómo la comunidad enfrentaba el problema antes de la llegada del equipo universitario; una crónica digital podría relatar lo ocurrido meses después, incluyendo las dificultades surgidas al implementar determinadas propuestas. Incluso los propios habitantes podrían aportar registros o testimonios que amplíen aquello que inicialmente conocíamos.
En ese recorrido, cada contenido deja de ser únicamente una pieza promocional o informativa y pasa a agregar una nueva capa de comprensión. Eso resulta especialmente pertinente para la educación superior porque sus públicos tampoco son homogéneos. Frente a una misma experiencia, un estudiante puede preguntarse qué aprenderá participando en ella; una persona titulada, cómo puede aplicar ese conocimiento en su trabajo; un académico, qué metodología se utilizó; una organización, si esa experiencia es transferible; y una comunidad, qué efectos concretos puede tener en su territorio. Diseñar una narrativa implica reconocer esas preguntas y ofrecer distintas puertas de entrada sin perder un hilo común.
Aquí las herramientas digitales cumplen un papel importante, pero difícilmente pueden ser el punto de partida. Una página web puede articular las piezas; un podcast puede profundizar una conversación; un video breve puede facilitar un primer encuentro; un formulario puede recoger experiencias; y la analítica puede mostrar parte del recorrido que realizan las personas. Los parámetros UTM, por ejemplo, permiten identificar desde qué acciones de difusión llegan determinadas visitas. Pero ninguna herramienta resuelve por sí sola un problema de comunicación. Podemos tener cámaras, plataformas, automatizaciones, inteligencia artificial y métricas en tiempo real y, aun así, construir un relato que no logre conectar con nadie.
La decisión comunicacional sigue siendo anterior: qué queremos contar, por qué debería importarle a alguien y qué espacio dejaremos para que las personas respondan. Esa última pregunta es especialmente importante. Una narrativa transmedia no obliga a que todos los públicos produzcan contenidos, pero sí permite pensar una comunicación menos cerrada. Las preguntas que aparecen después de una publicación, las experiencias que aportan estudiantes o titulados, las observaciones de una comunidad o incluso los desacuerdos frente a una interpretación institucional pueden modificar la continuidad del relato.
Esa apertura también implica responsabilidades. La Recomendación sobre la Ciencia Abierta de UNESCO (2021) incorpora la participación de actores sociales y el diálogo con distintos sistemas de conocimiento como parte de una circulación más abierta del saber. Desde la comunicación, esa orientación invita a no entender la divulgación únicamente como una traducción del conocimiento académico a palabras más sencillas. También supone generar condiciones para que ese conocimiento pueda ser discutido, relacionado con otras experiencias y, eventualmente, enriquecido por nuevos puntos de vista.
Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial. Miao y Holmes (2023), en la guía de UNESCO sobre IA generativa en educación e investigación, proponen un enfoque centrado en las personas. Aplicado al trabajo comunicacional, esto supone reconocer que estas herramientas pueden apoyar la organización de materiales, la exploración de formatos o ciertas tareas de producción, pero no reemplazan la responsabilidad editorial. Si trabajamos con testimonios, debemos conservar su sentido; si comunicamos investigación, necesitamos distinguir resultados, interpretaciones y alcances; y si utilizamos IA para resumir, clasificar o producir contenidos, sigue siendo necesario revisar qué estamos diciendo y qué efectos puede tener.
También necesitamos revisar cómo evaluamos estas estrategias. Visualizaciones, alcance, clics o reproducciones son indicadores útiles, pero cuentan solo una parte de la historia. Si el propósito es acercar conocimiento, también conviene preguntarnos qué comprendieron las personas, qué dudas aparecieron, qué contenidos motivaron nuevas conversaciones y qué aportes permitieron ampliar el relato. En otras palabras, no basta con saber cuántas personas llegaron; también importa comprender qué ocurrió después de ese encuentro.
Para la formación continua, esta discusión tiene una dimensión especialmente concreta. Quienes trabajan en comunicación, docencia, gestión o vinculación con el medio necesitan desarrollar capacidades para comprender públicos, diseñar recorridos narrativos, coordinar distintos lenguajes, interpretar datos y utilizar herramientas digitales con criterio. La actualización profesional no debería limitarse a aprender una nueva plataforma cada vez que aparece una tendencia. El desafío más duradero es comprender cuándo una tecnología agrega valor, qué problema comunicacional ayuda a resolver y cómo se integra dentro de una experiencia coherente para las personas.
Quizás ahí está una de las mayores oportunidades para la comunicación en educación superior. Tenemos más canales, datos y herramientas que en cualquier otro momento, pero precisamente por eso necesitamos volver a pensar en la narrativa. No para convertir cada proyecto universitario en una gran producción transmedia, sino para evitar que la estrategia digital termine reducida a llenar calendarios de publicaciones.
Antes de abrir una plataforma, diseñar una pieza o programar un contenido, podríamos volver a una pregunta sencilla: ¿qué queremos que una persona comprenda, experimente o pueda aportar después de encontrarse con el conocimiento que estamos comunicando? La respuesta puede orientar qué contar, qué medio utilizar, qué profundidad necesita cada contenido y cómo continuar la conversación.
Una narrativa transmedia no comienza cuando distribuimos una historia entre muchas plataformas. Comienza cuando entendemos que cada público puede entrar desde lugares diferentes y que nuestra tarea comunicacional consiste en construir conexiones capaces de llevarlo un poco más lejos. En educación superior, esa posibilidad no solo amplía la difusión: puede fortalecer la relación entre conocimiento, instituciones y sociedad.
Referencias
Jenkins, H. (2007, 21 de marzo). Transmedia storytelling 101. Pop Junctions. https://henryjenkins.org/blog/2007/03/transmedia_storytelling_101.html
Meyerhofer-Parra, R., & González-Martínez, J. (2025). So, what do we talk about when we talk about transmedia storytelling in education? A systematic literature review. Review of Education, 13(2), e70086. https://doi.org/10.1002/rev3.70086
Miao, F., & Holmes, W. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO. https://doi.org/10.54675/EWZM9535
UNESCO. (2021). Recomendación sobre la Ciencia Abierta. https://www.unesco.org/es/legal-affairs/recommendation-open-science